El que renuncia a defenderse, termina devorado

Durante  la defensa de su tesis doctoral  el 26 de junio de 1965, el historiador Julien Freund, entró en franca contradicción con los pareceres del Director de la Escuela Normal Superior, Jean Hyppolite. Se enfrentaban en aquel punto y hora dos puntos de vistas antagónicos. Hyppolite, hombre de convicciones profusamente pacifistas, no podía aceptar la tesis de que la política y las relaciones internacionales se basan en la distinción entre amigo y enemigo, tal como quedaba expresado  en L´essence du politique (Paris, Dalloz, 2004), estudio escrito por Freund, que, andando el tiempo se convertiría en uno de los grandes clásicos de las ciencias políticas.
Cada uno de estos planteamientos expresa una idea opuesta.
  • Los que como Hyppolite creen que nos hallamos regidos por un mundo de progreso moral, una humanidad sin guerras y sin enemigos, gobernada por normas ideales.
  • Y los realistas, que piensan que el derecho se halla garantizado por la fuerza, por los pactos y los tratados y por el empuje disuasivo de la defensa.
Freund le respondió a Hyppolite: “el no tener enemigo no depende de usted. No basta  con que usted deje de considerar al otro como su enemigo. Si alguien lo elige a usted como enemigo. Usted tendrá enemigos”.
Entre los políticos y  las naciones la negación del enemigo puede traer consigo errores gigantescos.
  1. Entre las naciones conviene siempre distinguir entre amigo y enemigo, examinar a fondo la hostilidad del otro. De Gaulle decía que  “los Estados no tienen amigos; solo tienen intereses”. Si no advertimos a tiempo las maniobras del que nos ha elegido como enemigo, no podremos evitar que la violencia ajena nos devore.
  2. El pacifista, por lo general, confunde sus deseos con la realidad. Se inventa un mundo armónico; sociedades de gentes piadosas  y angelicales, y termina creyendo ciegamente en esas realidades fantasiosas. Algunos llegan al extremo de preferir  que su patria desaparezca antes que defenderla a expensas de la guerra y de la sangre.
  3. El deseo de establecer relaciones pacíficas, altruistas, solidarias, fraternales, es una ambición noble; deja de serlo cuando para mantenerlo nos convertimos voluntariamente, en objetivo del descrédito y de los ataques que el otro desencadene contra nosotros.
  4. Cuando el ejercicio internacional del otro Estado pone en juego mi existencia no podemos considerarlo como amigo. La bandera blanca y las concesiones excesivas solo consigue provocar el desprecio del depredador.
En cualquier caso, aquellos que para evitar el conflicto abandonan la defensa de su país; que prefieren desmantelar  a su patria para no tener que defenderla ¿cuál es, pues,  la superioridad moral del que ha desertado de la obligación de defender a su pueblo; en nombre de qué moral debemos aceptar, pasivamente, la destrucción de lo que somos?
  1. Un trasfondo histórico
Freund nos enseña que no existe ninguna sociedad que no tenga enemigos.
Los enemigos del pueblo dominicano son los que se oponen a su libertad, al ejercicio de sus competencias territoriales y de su autodeterminación.
Los enemigos suelen disfrazar sus desmanes con declaraciones hipócritas,   coartadas y engañifas.
Así la ocupación haitiana de Jean Pierre Boyer (1822-1844) se presenta  en la historiografía haitiana como una petición  de los dominicanos. O, como la consecuencia,  de la defensa de su propia independencia. Se le inventan las coartadas para justificar sus actos. Entre los dos Estados que comparten la isla de Santo Domingo, Haití ha sido casi siempre la nación agresora.
Las razones de sus invasiones (1805 y 1822) y de la guerra que libraron contra los dominicanos (1844-1856) para suprimir su Independencia son fundamentalmente dos:
  1. Hacer cumplir la Constitución de 1805, de los fundadores de su Estado,  de que la porción oriental de la isla de Santo Domingo era parte integrante del Imperio de Haití, fundado por Jean Jacques Dessalines. Ese artículo quedó formalmente abolido, cuando cesaron las reivindicaciones territoriales  de Haití, en 1874.
  2. Obligarnos a pagar el costo de su independencia. Para privar definitivamente a los habitantes blancos de la colonia de Saint Domingue, que, eran los más antiguos, quedarse con sus ciudades, casas, fábricas y mansiones, el Gobierno de Boyer, firmó un Tratado en 1825 con Carlos X, rey de Francia, mediante el cual le pagaría 150 millones  francos a esos antiguos propietarios, que, quedarían privados de sus tierras y de las posibilidades de radicarse en el territorio donde habían fundado la colonia más rica del continente. Para pagarle la Independencia  de ellos,  nos privaron de la nuestra y devastaron  los bosques del sur de nuestro territorio.
Nada de ese pasado puede ser echado al olvido. Ni el comercio ni las veleidades diplomáticas ni la ceguera geopolítica pueden dejar en penumbras la dualidad de dos naciones independientes por su historia, por sus diferencias, y por su cultura.  Los dominicanos hemos creado una Independencia contra la voluntad haitiana, expresada en más de doce años de guerra (1844.1856), de anularla. El lema  Dios, patria y libertad se opone radicalmente al lema haitiano  La unión hace la fuerza. Los propósitos que hacen unos 170 años dividieron a los dos pueblos. Uno, que luchaba ardientemente por ser independiente, y otro, que actuaba para sojuzgarlo han desaparecido en su forma original.
Los ataques del enemigo que nos negamos a reconocer
Si las rivalidades históricas que nos llevaron a la guerra en el pasado se han desvanecido ¿Puede, entonces, concluirse que el Estado haitiano no resulta ya una amenaza a la soberanía dominicana? Desde luego que no.
  • Un Estado puede amenazar a otro Estado, empujando sus poblaciones al territorio vecino, empleando el poder blando de las ONG, de las condenas internacionales, sembrando estereotipos para que, en nombre de las crisis humanitarias, darle carta blanca al intervencionismo internacional.
  • A un Estado se le puede colocar fuera de la legalidad internacional y amenazarlo con sanciones económicas– embargos, privación de petróleo, suspensión de acuerdos– por intervención de sus enemigos. Tal ha sido el caso de las pintorescas condenas que ha emitido el conjunto de Estado del CARICOM  por diligencias del Gobierno haitiano.
¿Cómo se reconocen las maniobras del  enemigo?
  1. Trata de presentar a República Dominicana con unos parámetros jurídicos semejantes a los que reinaban en Sudáfrica, durante la etapa de triste recordación del apartheid. De genocidio civil nos acusó uno de sus conspicuos voceros.
  2. Despliega una campaña de descrédito internacional constante, imparable, para fabricarle una culpabilidad a los dominicanos,   planteando que el  dominicano no respeta la legalidad internacional.
  3. El objetivo del enemigo, no es, primariamente, nuestra destrucción física, sino la abolición de nuestra soberanía; la destrucción de los resultados históricos que proclamaron nuestra Independencia del influjo haitiano en 1844, para hacerlo, deben darle a ese despropósito un carácter
  4. En la isla de Santo Domingo hay dos Estados. Conforme a la reglamentaciones, el Estado haitiano tiene derecho a exigirle a cualquier ciudadano extranjero que se hallare en su territorio: pasaporte, visado, permiso de trabajo, cuenta bancaria, certificado sanitario, certificado de no delincuencia y contrato de un empleador. Son esas las reglas haitianas. Los haitianos no aceptan que ningún extranjero haga en su país, lo que ellos están haciendo copiosamente en el nuestro.
  5. Si la República Dominicana exige las mismas reglas, se convierte, según los criterios que se están aplicando en la actualidad, en un Estado violador de todos los derechos humanos. Se afirma de este modo, la supremacía del derecho de los haitianos sobre los  derechos de los dominicanos.¿ Es que el hambre, la miseria, las calamidades padecidas, la irresponsabilidad de sus gobiernos y el color negro de su piel le darían derechos especiales y justificarían todo lo que se está haciendo contra la República Dominicana? ¿Es nombre de qué derechos humanos se están destruyendo nuestros derechos?
En un arbitraje internacional la soberanía de ambos territorios debería guiarse bajo el principio de la igualdad. Porque los conflictos de intereses entre dos países no pueden resolverse por la discusión y por el encanto de los diplomáticos, si se admite que hay presupuestos de reciprocidad entre los Estados, y que es, sobre la base de la soberanía que cada uno le reconoce al otro, partiendo del principio de la igualdad, de la reciprocidad jurídica,  de la no división y de imprescriptibilidad de las soberanías de cada Estado, Si el Estado deroga sus leyes internas como era el propósito de los proclamaban la supremacía de la CIDH sobre el derecho interno, terminaría negándose como Estado.
Podemos negar al enemigo teóricamente, creernos todas las mentiras de los donjuanes de la paz, neutralizar definitivamente todas las instituciones del Estado , para  alcanzar el sueño  que se han propuesto  los políticos, los intelectuales, los empresarios y la iglesia de alcanzar un arreglo definitivo y satisfactorio con Haití, solo después que la soberanía haya sido plenamente desintegrada y las clase política totalmente prostituida. El enemigo exterior se ha aliado con un enemigo interior, y entre ambos se han propuesto  justificar una invasión caótica, irritante, grotesca , para anular  las competencias del Estado para defender sus legítimos intereses.
El amor por sus enemigos ha llevado a los dirigentes del Estado a la amnesia histórica, a menospreciar su propia independencia y a abandonar a su pueblo.¡ Qué lejos se hallan  los políticos de hoy de los que ayer honramos en el panteón nacional!  La falta de grandeza de estos hombres  los ha llevado a destruir ese pasado y a desmantelan la soberanía en nombre de la supuesta defensa de los derechos humanos de  unos extranjeros. Triste espectáculo asistir a nuestra propia destrucción en medio de la servidumbre, el silencio y la desinformación. O tempora, o mores ( qué tiempos, qué costumbres).

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