Mi madre frente a Trujillo


Por: Pedro Dominguez Brito
El 25 de enero de 1960 se leyó la famosa Carta Pastoral de la Conferencia del Episcopado Dominicano donde enfrentaba a Trujillo. Mi madre, en ese entonces, como ferviente católica, vivió momentos de terror. En su próximo libro narrará esa experiencia. Veamos parte de ese episodio.

“Elsa, te buscan, requieren de tu persona…” eran de mi pueblo de Tamboril, representaban al gobierno municipal y al partido oficialista, me informaron que las autoridades me habían elegido para tener un turno en el mitin que se realizaría en mi pueblo como protesta a la Iglesia Católica.

Fue un diálogo triste y cortante. ¿Cómo se atreven? Ustedes saben mi responsabilidad apostólica; soy parte de la Hermandad de las Hijas de María y además presido la Legión de María del sector juvenil…sería una falsedad hablar de la Iglesia de la que formo parte… mi mayor compromiso es con Cristo y la Santa Madre Iglesia que El fundó.

Me llevaron a la casa del gobernador… fue una situación extremadamente difícil. Reiteradamente salían los nombres de monseñor Reilly y monseñor Panal… Hubo fuertes emociones, pedí permiso para ir al baño; ya estaba llorando… De repente, cuando parecía que ya estaba abatida, que las fuerzas se diluían en un corazón joven, volví a la sala y me acomodé en el sofá. Mi mano derecha se extendía, casi en forma de cruz, y con energía invisible categoricé: “No sólo de pan vive el hombre, sino de la palabra que viene de Dios”.

Regresé al vehículo, mis acompañantes estaban asombrados por mi respuesta. Llegamos a Tamboril. Mi madre junto a personas muy allegadas me esperaban en casa… Hubo oración, llanto y grandes decisiones… Las Teresianas estaban aturdidas cuando les comuniqué lo sucedido. Las religiosas del Perpetuo Socorro y otros grupos se agregaron a la cadena de oración. Recuerdo a mi amiga Dulce Capellán, quien me ofreció caminar muchas veces de rodillas por el patio de su casa… sus rodillas sangraban, todos sabían que mi vida corría peligro. 

Cuando fui a la iglesia me dijo el Señor: “No temas, te he colocado en una urna de cristal, te protejo; las bolitas del árbol de laurel que caen, se sienten, pero no te tocan”. Cuando pasaba por la calzada del parque, sentía las miradas, parece que me observaban en silencio colectivo. Se acordó que solo asistiera a comulgar y fue entonces cuando salió al encuentro el padre José María, virtuoso sacerdote pasionista. No lo creía. Al ofrecerme la Santa Hostia, recogí vivencias y repetía: “No sólo de pan vive el hombre, sino de la palabra que viene de Dios”.
Un beso a mi batalladora madre Elsa Brito de Domínguez. 

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